domingo, 12 de octubre de 2008

Recuerdos

Era apenas un niño de tres años. Mis padres apenas se preocupaban por mí y, normalmente, dejaban a una canguro a mi cuidado. A la falta de cariño le añadieron las broncas y las riñas por cosas que desconocía mi mente infantil. Entonces poco a poco formé un mundo. Me alejé de la realidad tanto que ya no sabía cuando era real algo o cuando se trataba de mi imaginación.
Una tarde de otoño mi canguro me dejó en frente de la ventana para que viera caer las hojas del árbol que había en nuestro jardín. Desde pequeño siempre me gustó ese árbol. Sus hojas siempre estaban amarillentas y, no solo era eso lo que le hacía especial, si no que en otoño sus hojas se volvía verdes como esmeraldas y caían al suelo poco a poco. Mis padres lo querían vender.
Pero era mi árbol y no estaba dispuesto a dejarlo vender. Ellos decían que estaba hechizado y que tenía un espíritu maligno. Hubo muchas discusiones por eso, entre mi padre y mi madre. Siempre discutían por todo. Pero el árbol seguía ahí, cada año, cada día, cada noche…Nadie se atrevió jamás a mover sus ramas.
Seguía quieto mirando como caían las verdes hojas del árbol. Tenía entre mis guarreadas manos un peluche. Jugaba con él. Me acuerdo perfectamente como lo balanceaba de un lado hacia el otro una y otra vez…
Entonces pasó algo. No me acuerdo muy bien el qué. Lo único que sé es que me encontré delante de un hombre canijo, feo y endeble. Parecía cansado de solo estar de pie. Y, aunque no me gustaba su aspecto me recordaba mucho a mí. Me quede embobado viendo como hacía un gesto con las manos.
De repente ya no estábamos dentro de casa. Habíamos salido fuera, al patio. Aun conservaba mi peluche entre mis grasientas manos. Estábamos junto al árbol. Seguían cayendo aquellas hojas tan extrañas que parecían estar hechizadas por algo tan bello como el fuego.
El endeble hombre estaba junto al árbol. Le miré con curiosidad. Había algo en mí interior…¿cómo decirlo?...algo que ardía dentro de mí con la fuerza del corazón. Entonces el viejo y endeble hombre sonrió enseñando sus dientes ya desgastados…Me acuerdo de las palabras…-Ten, hijo mío…-Y de cómo me tendió una funda más grande que yo.-Late en ti esta espada…
Y justo cuando solté mi peluche y alargue mis rechonchos y pequeños brazos con ansias de conseguir la espada…todo se volvió tan rojo como el fuego. Lloré durante unos segundos…tan solo era un niño pequeño.
Entonces le vi. ¿Cómo olvidar algo así? Su cuerpo era rojo. Su pelo estaba ya canoso pero aun así se erigía con orgullo ante el cielo azul. Sus garras eran del tamaño de un adulto. Sus piernas eran inalcanzables. Era tan grande que no cabía por completo en mis ojos.
Entonces me miró. Tuve miedo. Iba a llorar. Y me sonrió y vi que era el mismo anciano que hace unos segundos había estado juntó al árbol y me había entregado la espada.-No te fíes de nadie pequeño.-Y se fue volando. En mi corazón se grabaron esos ojos verde esmeralda.
Cuando abrí los ojos estaba enfrente de la ventana, mirando como caían las hojas del árbol verde. Entonces miré el árbol y me di cuenta de que se parecía al anciano. Tan endeble, tan fino y delgado…y sin embargo…se mantenía firme y fuerte. Y guardaba un gran secreto.
Miré mi peluche y reí como si nada hubiera pasado. ¿La espada? En mi armario. No sé cuando llegó allí, pero sé que estaba destinada a estar conmigo. Nunca supe nada de ella.
Lo último que recuerdo fue jugar con mi peluche. Cogerlo, otra vez y hacerle volar de un lado a otro. Era un dragón rojo, sus alas se movían al rozar el aire y sus patas eran rechonchas. Pero lo que más me gustaba de ese dragón eran sus ojos, tan verdes como los míos.``

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